"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



sábado, 29 de agosto de 2009

Don Giovanni

Él solo hablaba para contentar. Tenía el don de la demagogia y sabía emplearlo a la perfección. Era el perfecto oportunista, un acechador que actuaba con nocturnidad y alevosía. A todo esto había que sumarle la más sublime de todas las virtudes que poseía: carecía de cualquier tipo de escrúpulo. Todo él era una máscara adornada de arrogancia y prepotencia. Un ser despreciable que, sin embargo, pululaba con más gloria que pena por el ancho mundo.

Actuaba a placer, sin tener en cuenta lo que sus actos pudieran provocar. Era la perfecta hipocresía encarnada.

¿Se han topado alguna vez con un ser así?

¿No creen que sería hermoso que existiera ese infierno del que hablan los textos bíblicos para que estos seres se consumieran por toda la eternidad?

miércoles, 26 de agosto de 2009

Lineas endiosadas




Quizás alguno de ustedes no ha experimentado esta sensación, pero deberían probarla todos. Sientense delante de un folio o de un documento de word en blanco y comiencen a escribir. Profanen la blancura virginal del papel con los trazos de la pluma: creen.

Escribir es tener poder, es inventar, es crear, es fabricar, es hacer mundo. Cuando me siento ante mi cuaderno puedo dar la vida a quien yo quiera, como yo quiera; puedo hacer con él lo que me apetezca: hacerlo feliz, hacerlo sufrir, llorar, gritar, amar, odiar, repudiar, volar, cantar, es más, cuando me canse de él, puedo matarlo.

Escribir es tener poder sobre la vida y la muerte. Escribir es acotar un páramo donde tú impones las normas y las leyes, donde tu eres rey y señor y tienes poder sobre vida y hacienda.

Puedo crear un mundo a mi medida y puedo dar vida a hombres y mujeres (o a las deformes criaturas que se me antoje colocar) y observar como se comportan (infelices de ellos) mientras yo, con mano firme, voy hilando, midiendo y cortando.

Cuando escribo soy poderoso y mi estilográfica es mi báculo. Escribir es jugar a ser Dios.

martes, 25 de agosto de 2009

El Coleccionista de Sombras



Llovía arrítmicamente sobre el semiempañado cristal de la ventana de un tercer piso del edificio de apartamentos donde un hombre hacía sonar un piano. Del increíblemente hermoso instrumento brotaban unos acordes melancólicos y de los ojos cerrados del pianista supuraban lágrimas de ira.

La figura sentada frente al piano se movía sibilinamente como mecido por la melodía que brotaba de las entrañas de aquella caja de resonancia. Eran las tres de la mañana y un sueño extraño le había sacado del lecho y lo había arrinconado contra el susodicho instrumento; él, implorando cuartel había empezado a tocar para así amansar a aquella bestia que no provenía de otro lado sino de sus adentros.

Sus últimos sueños no se podían enmarcar en la categoría de lo “habitual”; extrañas visiones oníricas lo perseguían en los únicos instantes en los que antes había podido desconectar del mundo y de sí mismo. Sobre todo de sí mismo, porque no hay mayor cárcel que la del cuerpo ni mayor cadena que la que se impone a los hombres al nace. Él no era uno de esos hombres que se complacen en los días de sol, él no era uno de esos hombres que viven con quienes aman, el no era uno de esos hombres que tienen amigos:

Él era uno de esos hombres que había olvidado quien era. Él era uno de esos hombres sin historia. Él no era más que una máquina de huesos y carne. Él no era más que el espejismo de un sueño. El no era más que un coleccionista de sombras.

Las últimas notas de la pieza partieron del piano hacia los oídos de su único oyente y viajaron hasta sus tímpanos. En las noches como esa lo único que le aliviaba en su soledad era el cálido abrazo armonioso con aquel instrumento. La vibración de las cuerdas se apagó provocando en la estancia un silencio frío y mortecino. Él coleccionista se levantó del piano arrastrando la banqueta y caminó unos pocos pasos en dirección a la cama. Se sentó en ella y doblando su cuerpo sujetó su cabeza entre sus manos; levantando los ojos buscó los rojos números de su despertador de mesilla: las tres y cuarenta y siete. Aun quedaban un par de horas para que comenzara su jornada, pero sabía que no iba a poder dormir. Se encaminó de nuevo hacia el piano y bajó la tapa de las teclas. Aquel piano de cola había sido su más fiel amigo y como tal había que cuidarlo primorosamente.

Aquello que lo atormentaba había decidido que no había tocado con suficiente maestría como para dejarlo en paz y él era muy consciente de que lo que le esperaba era una noche en blanco. El coleccionista no era hombre de dejarse morir en la anodina inmovilidad y vio más oportuno dar un paseo nocturno a pasar la noche con los ojos clavados en el techo.

Se quitó el batín y el pijama para colgarlos tras la puerta del dormitorio. Fue hacia el armario y cogió lo primero que tocó su mano, al fin y al cabo, eran todas iguales. Cogió de una silla la bufanda roja a cuadros que solía llevar y se la enroscó a lo largo del cuello. Bajó las escaleras con pasos torpes hasta llegar al portón de salida de aquel edificio.

Al cruzar el umbral, el frío penetrante de la noche le dio la bienvenida. Sus pasos comenzaron a sucederse sin ningún sentido, sin rumbo alguno; pasos que eran ajenos a un caminante encerrado en su propia mente.

sábado, 22 de agosto de 2009

Flammis acribus addictis



La amo con toda mi alma. No puedo dejar de maravillarme, de sorprenderme hasta la extenuación, de tener el ánima en un puño, de idolatrarla, de pensar en que soy un hombre afortunado. La amo, no hay lugar a dudas. Amo todo cuanto hay de bello en este mundo, doy gracias a Dios por obsequiarme con tales dones.

A veces siento que voy a estallar, siento que me elevo y que nunca voy a bajar. La música me embriaga, me mece, me acaricia, me arrulla. Invade cada centrimetro de mi ser, cada célula, cada álito de mi aire.

Es tan absolutamente maravilloso que quiero llorar porque no soy digno de ello, porque con total seguridad en el paraiso hay seres que hacen música.

viernes, 21 de agosto de 2009

Ad astra...



Aun era de noche mientras él caminaba distraidamente por una calle en la que sus pasos herían la armonía que solo existe cuando hay silencio, cuando no hay nada.

La calle era larga y ancha y estaba flanqueada por macetones cuajados de pequeñas rosas. El caminante se detuvo frente a uno de los macetones y cogió una de esas rosas para acercársela a la nariz. Él siempre había pensado que las rosas solo eran piel de espinas, pero en esa noche tenía aun los labios impregnados del elixir de una de ellas.

Caminaba distraidamente entre sus divagaciones cuando acertó a levantar los ojos y vió sobre su cabeza el manto de la noche. Sintió que aquello lo abrumaba y buscó un banco donde sentarse. El tiempo se hizo líquido mientras el miraba las estrellas y entonces, como un mazazo, como una copa de cristal que se rompe entre las manos, como lo súbito hecho material, como una chispa entre la oscuridad, atisbó una realidad tristísima:

Allí estaban todas aquellas estrellas, sueltas en el firmamento, separadas, dispersas, lanzadas contra un cielo de oscura soledad; unas estrellas que enviaban su brillo, como un náufrago un mensaje embotellado, para que alguien alguna vez diera con ellas.

martes, 18 de agosto de 2009

¿Qué haré?

"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"

El Alquimista - Coelho

viernes, 14 de agosto de 2009

Elegía a los adioses


Esa palabreja que con regusto amargo y con el sonido de cajas destempladas invita a la muerte. Ese vocablo infame que deja la boca seca y los ojos húmedos. Ese ensordecido ciego mutilado de otras guerras. A esas cinco letras que separan el presente del olvido, a esos cinco trazos que se dibujan con bilis y sangre, a esa hecatombe, a ese borrón, a esa deuda y a esa aflicción recurro yo ahora.

Porque sembrar en campos de sal es inútil, porque intentar navegar sin aire frustra, porque el fuego no prende bajo la lluvia, porque no se puede ver en una noche cerrada y porque a veces, hasta los más intrépidos y esforzados, se cansan de remar contra corriente.

Adios, es lo que queda, adios, frio y mortecino, como una noche sin estrellas.

martes, 11 de agosto de 2009

Oblivion

El despropósito de una vida que no muere. El silencio estruendoso de un llanto. El despertar sin saber para qué. El beso seco. El rostro sin facciones, sin boca, sin nariz, sin pómulos, tan solo una calavera a la que le han arañado los ojos.

Una copa que no quita la sed, un alimento que da hambre, un canto que no queda registrado, un amor malhumorado, una melodía que no se siente, un instrumento que no se oye, una partitura perdida, un poema extraviado.

Sensaciones contrarias, frutraciones encontradas, deseos frustrados.

Entonces camino junto a un mar en calma, porque solo queda caminar, porque solo queda esperar ser pasto del sinsentido.


sábado, 8 de agosto de 2009

Cogiendo agua con las manos

El silencio atenaza la voz de la maltrecha y desgajada esperanza mientras se espera en un rincón, agazapado a oscuras, un amanecer que nunca llega.

Nosotros, presa del ocaso interminable del sentido, de la decrepitud más impotente del espíritu humano, nosotros, hijos del desarraigo, merodeadores de caminos que conducen a acantilados, paseantes solitarios, caminantes entre brumas, soliloquios sin respuesta.

Camino, camino, porque solo queda caminar, camino entre la deflagración del espíritu de otro tiempo y entre las voces de sirena de este.

Ya no se lo que soy, ya no soy lo que era, nunca fui lo que fui, debajo de una máscara que ya no cubre ningún rostro, tras la capa que flota sin cuerpo ya no queda nada, solo las cenizas de la necedad del que buscar ardientemente un sueño, solo un vaso colmado de nada, solo la copa amarga de la realidad.

jueves, 6 de agosto de 2009

La ciudad sin nombre


La noche que la Reina de Corazones comenzó a llorar fue la noche más fría de todos los inviernos y aun distaba veinticinco años de la noche más oscura de todos los tiempos. La neblina que embriagaba la soledad de las calles durante la madrugada se extendía mortecina y febril por toda la ciudad mientras ésta, como quien espera agazapada en un rincón a que lleguen a rescatarla, aguardaba el beso del alba.

Los pasos de los viandantes noctámbulos retumbaban en la inmensidad del silencio y las luces caían amargamente amarillentas desplazando la oscuridad. El eco rudo de las tabernas aun abiertas en las que puñados de desgraciados intentaban ahogarse en alcohol chocaba con las engoladas voces que provenían de las reuniones donde burgueses y nuevos ricos, entre Chateau y Cava, se afanaban en contarse mutuamente proezas que ninguno había realizado.

Por las grandes arterias que conectaban con el corazón de aquella ciudad circulaban con cierto aire de indiferencia automóviles que creaban formas fantasmagóricas en los callejones donde dejaban caer sus luces.

Las patrullas nocturnas que decían hacer más segura la ciudad danzaban con zapatos de claqué y gorra de plato mientras vagaban lacónicamente por los lugares donde nunca ocurría nada.

La campana de la catedral había enmudecido por decreto ley hasta las siete de la mañana y aunque no importunaba los ciudadanos, las palomas que dormían en la torre cada noche aun podían oír el chirriar quejumbroso de las agujas del reloj.

En el centro de la ciudad había un imponente parque, todo él colmado de árboles y de setos que en así como en primavera rebosaban vida, en aquel momento presentaban una imagen deliciosamente agónica.

sábado, 1 de agosto de 2009

Cerrado por vacaciones


Muy estimados lectores:

A no ser que en mi lugar de veraneo algún alma incauta haya dejado una wifi sin proteger o cosa similar, van a tener ustedes que esperar a la Asunción de Nuestra Señora, día quince para más seña, con su operación entrada, salida y vuelta a entrar, para que este antro de perdición vuelva a dar señales de vida.

Hasta entonces, un cordial saludo, les espero.

La última tarde de julio




Ella descargó el peso de su cuerpo sobre la silla del escritorio. Él, mientras posaba sus ojos sobre ella, dibujaba en su rostro un rictus entre la preocupación y la pena.

Ella comenzó a musitar mientras la desolación le oprimía la garganta. La luz que entraba por la ventana de su espalda danzaba indiferente sobre sus cabellos rizados y sus manos se paseaban inusualmente tranquilas por el espacio vacío del sinsentido.

Hablaba callando con sonidos que olian a tristeza y con unas palabras que sabían amargas. Su cuerpo emanaba un hálito de desesperación.

Su mirada cansada iba y venía intentando buscar algo entre la perfección caótica del escritorio. El sonido de un piano embriagaba el aire y las voces se apagaban como una vela al consumirse.

Dime algo, imploró ella. Él solo atinó a un triste "no se que decirte, la verdad".

Ella bajó la cabeza y, tras unos segundos, elevó la mirada y aquellos ojos que hubieran podido iluminar al mundo, cuajados de lágrimas, imploraron un "te quiero".