"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



martes, 25 de agosto de 2009

El Coleccionista de Sombras



Llovía arrítmicamente sobre el semiempañado cristal de la ventana de un tercer piso del edificio de apartamentos donde un hombre hacía sonar un piano. Del increíblemente hermoso instrumento brotaban unos acordes melancólicos y de los ojos cerrados del pianista supuraban lágrimas de ira.

La figura sentada frente al piano se movía sibilinamente como mecido por la melodía que brotaba de las entrañas de aquella caja de resonancia. Eran las tres de la mañana y un sueño extraño le había sacado del lecho y lo había arrinconado contra el susodicho instrumento; él, implorando cuartel había empezado a tocar para así amansar a aquella bestia que no provenía de otro lado sino de sus adentros.

Sus últimos sueños no se podían enmarcar en la categoría de lo “habitual”; extrañas visiones oníricas lo perseguían en los únicos instantes en los que antes había podido desconectar del mundo y de sí mismo. Sobre todo de sí mismo, porque no hay mayor cárcel que la del cuerpo ni mayor cadena que la que se impone a los hombres al nace. Él no era uno de esos hombres que se complacen en los días de sol, él no era uno de esos hombres que viven con quienes aman, el no era uno de esos hombres que tienen amigos:

Él era uno de esos hombres que había olvidado quien era. Él era uno de esos hombres sin historia. Él no era más que una máquina de huesos y carne. Él no era más que el espejismo de un sueño. El no era más que un coleccionista de sombras.

Las últimas notas de la pieza partieron del piano hacia los oídos de su único oyente y viajaron hasta sus tímpanos. En las noches como esa lo único que le aliviaba en su soledad era el cálido abrazo armonioso con aquel instrumento. La vibración de las cuerdas se apagó provocando en la estancia un silencio frío y mortecino. Él coleccionista se levantó del piano arrastrando la banqueta y caminó unos pocos pasos en dirección a la cama. Se sentó en ella y doblando su cuerpo sujetó su cabeza entre sus manos; levantando los ojos buscó los rojos números de su despertador de mesilla: las tres y cuarenta y siete. Aun quedaban un par de horas para que comenzara su jornada, pero sabía que no iba a poder dormir. Se encaminó de nuevo hacia el piano y bajó la tapa de las teclas. Aquel piano de cola había sido su más fiel amigo y como tal había que cuidarlo primorosamente.

Aquello que lo atormentaba había decidido que no había tocado con suficiente maestría como para dejarlo en paz y él era muy consciente de que lo que le esperaba era una noche en blanco. El coleccionista no era hombre de dejarse morir en la anodina inmovilidad y vio más oportuno dar un paseo nocturno a pasar la noche con los ojos clavados en el techo.

Se quitó el batín y el pijama para colgarlos tras la puerta del dormitorio. Fue hacia el armario y cogió lo primero que tocó su mano, al fin y al cabo, eran todas iguales. Cogió de una silla la bufanda roja a cuadros que solía llevar y se la enroscó a lo largo del cuello. Bajó las escaleras con pasos torpes hasta llegar al portón de salida de aquel edificio.

Al cruzar el umbral, el frío penetrante de la noche le dio la bienvenida. Sus pasos comenzaron a sucederse sin ningún sentido, sin rumbo alguno; pasos que eran ajenos a un caminante encerrado en su propia mente.

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