"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

La muerte de las estrellas



“-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.

-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.”


Antoine de Saint Exupéry



Uno de los espectáculos más hermosos, conmovedores y tristes de los que puede disfrutar un hombre es el de una puesta de Sol. Es sencillamente prodigioso contemplar como el Astro Rey desciende agonizante, poco a poco, desangrándose en un sublime cuadro de colores, hasta que el último rayo, la última esperanza, sucumbe dejando paso al reino de las tinieblas.


El ocaso. El fin. La muerte. La oscura sombra que se cierne sobre todos y cada uno de nosotros. Aquella barrera insalvable con la que hemos sido marcados: recuerda que del polvo fuiste tomado y al polvo has de volver (Gn 3, 19). Con la primera bocanada de aire que tomamos se nos insufla el temor por saber que habrá una última.


Si hay algo que es innegable es que somos seres finitos, al menos físicamente. Ante esta evidencia, nosotros, los mortales, no hacemos otra cosa que agazaparnos en un rincón y llorar; teñirnos de luto, preparar nuestras propias exequias.


El Sol, en su decadencia, figura una estampa tan hermosa que parece salido de la manos del Docto Pintor, realmente emociona contemplar la armoniosa extinción de su vida; pero sabemos que su renacimiento es seguro. Nuestro renacer tras la visita de la parca no está para nada asegurado y nuestra unión con lo Absoluto no es precisamente hermosa. Si hay algo que tememos por encima de la muerte es el dolor.


Somos cobardes, eso es cierto. Podríamos encarar la muerte con la seguridad de que al menos hemos vivido, mejor o peor, pero lo hemos hecho, pero aun así, en una mezcla de cobardía ante lo desconocido y en un último arrebato de egoísmo, un “quiero más” llevado hasta el extremo, nos lamentamos de nuestra desgracia en un gesto final de autocompasión.


Ciertamente es mucho más consecuente morir con la misma villanía con la que se ha vivido que hacer un intento final por parecer que nuestra vida ha sido benemérita; de todos modos nunca se habla mal de alguien en su funeral.


El miedo irracional hacia nuestro final condiciona nuestra existencia. Mientras escribo estas líneas y mientras usted las lee la Parca está pacientemente midiendo el hilo que inexorablemente ha de ser cortado, pero, sinceramente, esto no me preocupa. Quizás, considerando la vida como un regalo perdamos un poco el miedo. Aunque mi concepción de la existencia me haga temer un Juicio del que probablemente no salga impune, no tengo miedo a morir, al menos ahora. Soy un hombre, una desdeñosa criatura fabricada por el Demiurgo en un día aciago, así que seguramente en mis últimas horas miedos terribles me acongojen y todo esto que escribo y digo no sean más que papel mojado, un desacertado escrito en una tarde de lluvia, embriagado por una nube de humo del mil cigarros y una taza de café, mientras desde lo profundo suena la marcha fúnebre de un polaco llamado Chopin, pero al fin y al cabo, prefiero pensar que mi pulso no temblará en mis últimos instantes. Prefiero vivir pensando que esta vida es más que una burla cruel, y si así lo es, una jugarreta del azar, me temo que nunca llegaré a saberlo.


Y contemplaré cada vez que pueda una puesta de Sol, porque me hace feliz pensar que en la belleza de la naturaleza queda escondida la esperanza de que nuestra breve estancia en el Universo, el efímero tiempo en el que somos, realmente tenga algún sentido.


PS: Me van a perdonar ustedes, pero ya tocaba actualizar y he tenido que tirar de archivo porque no se me ocurre nada decente. Éste es un textillo que escribí el año pasado para el bueno de Salazar, que impartía por aquel entonces Fª de la Naturaleza. La foto pertenece a cierta señorita muy querida por mi.

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