"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
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(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



sábado, 30 de enero de 2010

Ego sum alius

Sus pupilas se dilataron de pavor y un sudor frío comenzó a deslizarse por su frente irrigando el resto del rostro. Su pulso comenzó a desbocarse y un escalofrío le recorrió la espalda; sus manos comenzaron a temblar y sin previo aviso sus pies dieron un paso atrás, intentando protegerse de aquella visión estremecedora. Sus rodillas le traicionaban aviesamente y todo él deseaba salir a la carrera de aquel lugar como alma que lleva el diablo.

Ante él había un hombre demacrado y roto. Sus facciones denotaban maldad supina y sus labios, delgadísimos, sonreían con sadismo. Iba mal vestido y peor aseado: el pelo revuelto, la barba enjundiosa, la camisa mal abotonada, los cuellos descolocados. En sus ojos se notaba una tristeza infinita que se mezclaba con el miedo mientras sus labios seguían sonriendo con inicuidad. De pronto abrió los ojos con violencia, lo que provocó que el aterrorizado inviduo terminara por sentirse perdido; intentando defenderse lanzó un puñetazo y rompió el espejo.


jueves, 7 de enero de 2010

El hombre que escribía



-¡Yo soy muy feliz!, gritaba el desdichado.

Allí, sentado en un rincón y abrazándose las piernas, había un rostro arrugado y unas manos artríticas. Iba ataviado con una camisa gastada mal abotonada, una rebeca agujereada y unos pantalones raidos. Sobre los tímidos pelos que aun resistían sobre su cráneo el envite de los años y de la mala salud se cernía lo que tiempo atrás era un dignísimo sombrero y que hoy, ajado y maltratado, hacía malabarismos para no caerse a pedazos.

La estancia era alta. Del techo pendía trémula una lámpara que escupía una luz amarillenta. Las paredes, desnudas, bajaban hasta el camastro desecho de aquel hombre. Frente a él un escritorio endeble con algunos folios emborronados con una caligrafía psicótica y una silla completaban el paisaje del que solo se podía escapar sacando la cabeza por una minúscula ventana excavada en el muro.

Del rincón, despacio y quejumbroso, se levantó aquel hombre en dirección a una puerta cerrada por fuera. Mientras caminaba metió la mano en uno de los bolsillos de su rebeca y a los pocos segundos la sacó victorioso enarbolando una estilográfica negra y plata.

-¡Necesito tinta! Gritó a pocos centímetros de la puerta y volvió rápidamente, o al menos tan rápido como le permitían sus pasos, al rincón.

A los pocos minutos un celador vestido de blanco apareció por la puerta con un tintero en la mano. El viejo, arrugado en aquella esquina, levantó la pluma y comenzó a hacer aspavientos con ella. El celador se aproximó y le tendió la mano donde el viejo le soltó la pluma. El celador colocó el tintero en la mesa con la intención de rellenar la pluma del hombre que lo miraba ansioso desde el rincón cuando retiró las hojas escritas que reposaban sobre la mesa: bajo los folios con el trazo psicótico, donde solo había palabras inconexas, descansaban decenas de folios donde se repetía con un trazo pulcro y cambiante, como si cada frase hubiera sido escrita por una persona distinta, la misma letanía: "Yo soy muy feliz".