"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



miércoles, 24 de febrero de 2010

Tiempo para ser fantasma


De pronto dirigió su mirada al espejo y sonrió. Sonrió no con una de esas sonrisas que se usan para complacer, no con una de esas sonrisas que dicta el protocolo, no con una de esas sonrisas que se usan para despreocupar, esas que preceden a un "estoy bien". No, aquella no era una de esas sonrisas, aquella era una sonrisa, una de verdad.

Por aquel tiempo sonreir era algo dificil, no porque estuviera prohibido, no porque estuviera grabado con algún tipo de impuesto o sencillamente porque no estuviera de moda, no, tan solo en aquel momento sonreir era dificil. Ciertamente nadie sabía el por qué pero podría ser porque nadie se había dedicado a indagar: a veces las cosas se esconden bajo la molicie de las mentes.

Ella se encaminó escaleras abajo con ademán jubiloso y salió a la calle. En la calle todo era siempre distinto. Aquella mañana el sol discutía alegremente con las nubes pero la alegría parecía haberse reducido a eso, a una danza celeste y a su sonrisa, porque en la calle la gente estaba triste, no con esa tristeza fingida de funeral de estado, no con esa tristeza que se se olvida, no con esa tristeza que se cura con pastillas, sencillamente la gente estaba triste.

Entonces ella vio como su sonrisa se desmoronaba ante el gris espectáculo de la cotidiana destrucción, así que se sentó en el suelo y comenzó a llorar.

viernes, 19 de febrero de 2010

El Aleph


En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

J. L. Borges

El Aleph


domingo, 14 de febrero de 2010

Desde la desesperación y hacia la noche


Los álamos del parque se habían ido desnudando para la dama gris del otoño mientras aún la luna presidía la corte de los astros. El viento danzaba juguetón con la madreselva y los grillos, escondidos entre la hierba, ponían canto a las estrellas.

En un banco, con el pelo alborotado por el viento y los ojos mancillados por las lágrimas, se refugiaba bajo la balsa de luz de una farola próxima una chica. Ella se llamaba Olvido y se sentaba cada noche en aquel banco a esperar el alba.

Cada noche esgrimía cortes de tinta en un papel, cortes que eran recuerdo que se negaban a sellarse, y cada mañana, cuando la luz de la farola se retiraba avergonzada justo antes de los primeros rayos del amanecer, Olvido arrancaba aquella página de recuerdos y le prendía fuego para no quedarse sin luz mientras el sol se decidía a nacer, porque Olvido, por más que quisiera, sabía que jamás podría dejar de ir cada noche a aquel banco y dejar de prender aquel papel.


lunes, 8 de febrero de 2010

La muerte de una rosa


La rosa declinaba su cabeza mustia dando consentimiento a la muerte para que le arrancara los pétalos. Por las ventanas la luz se iba retirando dejando a la flor sola y el viento susurraba su particular canto de requiem.

La hojas suicidas del otoño conspiraban desde el suelo contra los árboles en su último aliento mientras unas nubes que amenazaban lluvia aprovechaban la distracción del crepúsculo para tomar posiciones.

El rio seguía intentando huir hacia el mar restregándose contra los muros del canal y soportando el irritante cuac cuac de los patos mientras la rosa, en su vaso seco, lecho de muerte indecoroso, se dejaba aplastar por el impertérrito tic tac del reloj de la pared.

martes, 2 de febrero de 2010

¿Y después?

¿Y después? Después no había nada. Allí estaba, mirando al abismo y el abismo no se dignaba a devolver la mirada. Había caminado toda su vida con el tesón del que esperaba encontrar algo y se había lanzado con esa seguridad que solo da la estupidez y, como suele suceder, se había descalabrado en un mar de dudas.

Ya no era un niño, su infancia se había disuelto en algún vaso de ginebra y las quimeras vestidas de sueños habían saltado por la ventana en un ademán suicida al verse acorraladas por esa dama de hierro llamada realidad, y para cuando vino a darse cuenta se encontró con cuerpos de quimeras travestidas en el portal a las que solo pudo dar la extremaunción.

Y los granos de arena seguían precipitándose arañando el cristal del reloj, y todo se iba, todo se desvanecía en el caldibache del sinsentido, todo se terminaba antes de empezar.

Y allí estaba, lanzando mensajes embotellados por un acantilado, oyendo el eco de los cristales rotos inundar el aire.