"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



lunes, 31 de mayo de 2010

Sull'aria




La primera vez que oí este aria no pude evitar que un par de lágrimas se deslizaran por mis mejillas. Lloré mientras me sentía morir, mientras me elevaba y sentía en mi pecho la belleza del mundo, lloré como un niño que mira a las estrellas y hoy quiero compartirla con vosotros. Cerrad los ojos y dadle al play.



domingo, 30 de mayo de 2010

El conocimiento

"En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer."

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
F. Nietzsche

martes, 25 de mayo de 2010

Y escribirnos y hablarnos y morirnos

No soy demasiado aficionado a este tipo de verso,
pero este poema me parece espectacular. Ahí se los dejo.


No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.


sábado, 22 de mayo de 2010

La Belleza

Y en eso los días se hicieron eternos porque los segunderos se pararon. Sí, sencillamente se detuvieron porque no merecía la pena continuar. Todo era simplemente maravilloso, como si algún ser hubiera ordenado todo aquello para que incluso respirar fuera bello. Y no había nada que decir porque aquello no podía decirse, tan solo podía vivirse.




viernes, 21 de mayo de 2010

Y en la tierra son actos

Desde aquí te grito y da igual que no me entiendas, tú no tienes la culpa, sencillamente es así y nadie ni nada puede cambiarlo. Tú. Yo.

Separados, no por nada, ni por nadie, sino por nosotros mismos, porque mis palabras caen impotentes a tus pies y yo hace mucho -qué digo mucho- jamás entendí las tuyas. Y tú no entiendes esto que lees. No, no puedes hacerlo porque yo estoy aquí y tú no, porque tú no has visto como he visto yo, ni has oído como yo lo he hecho, ni siquiera tu manera de acariciar se asemeja a la mía.

Somos dos perfectos extraños unidos por nuestra categoría de humanidad. Las palabras que pronuncio no son las que tú entiendes y lo que entiendes no es lo que he dicho.



Y tú, querido lector, no has entendido nada.

jueves, 20 de mayo de 2010

A verbis ad verbera

Viene de ...

El día que la ética se descalabró Rudolf estaba en su cama babeando sobre la almohada. Como puede verse no era amigo de la elegancia y había tenido más de un vis a vis con la dama inoportunidad, pero nada podía achacársele, era así o sencillamente eso pensábamos para exculparlo cada vez que nuestras comisuras se dibujaban sádicas y por nuestra mente danzaba el cabaret de los homicidas.

Si algo teníamos que reconocer a Rudolf era esa inusitada virtud de empeorar todo cuanto caía en sus manos, cosa de la que tampoco podíamos culparle ya que había sido engendrado por el más lerdo y peor de los espermatozoides de su padre y claro, la cosa venía desde chiquitino.

Con todo y con esto la cosa había empeorado notablemente (más de lo normal, entiéndase) desde que se había obcecado en relatarnos su habilidad por atracar buques mercantes (y entiéndase por mercante profusamente transitado, si, lo que viene a ser mucho entrar y salir) aunque nosotros, dada nuestra natural malicia, siempre pensamos que se trataba más bien de un rompehielos abrupto e indecoroso y que donde decía atracar había que entender encallar.

Y así transcurrían sus días, espabilando moscas, aleccionándonos para que no pisáramos los puépinos mientras se vertía en ademán escorromoñoso. Y sí, aunque repetía con constancia aquello de que los suyos solían partir hacia el corral de los quietos con una facilidad nada despreciable él sigue aferrándose a la vida y creo que aun quedan largos años en los que lo oiré deambular con sus monólogos pasilliles (blablablablá...sexo...blablablablá), sus escalofriantes sonidos de mamífero al irse al catre y en los que veré como usa sus manos de ratilla para desmenuzar cosas, porque, diga lo que diga Rudolf, él estando vivo lo goza cosa bárbara.


sábado, 15 de mayo de 2010

In ictu oculi



Cuando fue a buscar aquella cosa se vio reflejado en el espejo y se quedó perplejo. Sencillamente se quedó allí plantado con los ojos posados en sus ojos. ¿Cuándo se había transformado en aquello?

Miró extraño sus cabellos desordenados, su barba rala y despeinada, su mirada cansada, sus manos grandes, sus labios contraidos... Simplemente no se reconocía. Sintió lo mismo que se siente cuando vuelves a ver a un amigo tras años de ausencia: habla como él, piensa como él, se supone que es él pero no lo parece.

Pasaron algunos minutos y el sonido de un piano cubrió el silencio entre los dos extraños. Después, manteniendo sus ojos en sus ojos le dijo hola a su reflejo y salió por la puerta.

¿Saben qué es lo peor? Que ésto no ha salido de mi imaginación.

jueves, 13 de mayo de 2010

Sobre el absurdo


Desde que las palomas comenzaron a dedicarse a la arquitectura el sol dejó de pintar. No es que lloviera, tampoco que el banco del parque no parara de reírse, sencillamente ya no quería pintar.

Obviamente la policía debía hacer algo, así que, como todos esperaban, el precio de los barcos se disparó. Mi lápiz hacía días que no cantaba como antaño pero yo se lo achaqué a las frutas del florero.

Cuando el piano se puso en huelga de hambre marché a lanzar unos disparos aunque hacía un día horrible. Los disparos, pensé, le sentarán bien a las rosas, aunque por lo visto me equivoqué.

Aquella mañana los coches estaban particularmente inquietos así que me acerqué a un corrillo de baldosas a preguntar qué pasaba. Me miraron con los ojos como platos y una me dijo con voz solemne: las cerillas se han mojado.

domingo, 9 de mayo de 2010

Adios

Contemplar aquello era una invitación al vómito. Lo que en tiempos había sido una persona ahora no era más que un amasijo de carne y huesos que se habían adherido al suelo. Una balsa de sangre lo circundaba y se resbalaba aceras abajo para ir a regar a las rosas de un jardín próximo.

Y como suele suceder en estos casos se registraron sus bolsillos, su apartamento, sus cajones y sus cuadernos: nada. Había muerto de tristeza: ella lo había empujado por la ventana

jueves, 6 de mayo de 2010

La Creación VII


Entonces uno de los hombres se levantó apartando los cuerpos que lo rodeaban y miró todo cuanto lo rodeaba. Llenó su pecho de aire y gritó. El grito se apoderó del viento y asesinó al silencio: había comenzado el reino de la palabra.

El hombre se contempló a sí mismo en su primigenia desnudez y tuvo miedo. Aterrorizado se cubrió y volviendo a contemplarse se sintió poderoso. Entonces, volviéndose a Dios lo desterró.

El hombre renombró todas las cosas y las marcó con su sello: llamó matemática a la naturaleza, llamó música al sonido, llamó historia al tiempo y llamó humanidad al mundo.

Después el hombre se volvió hacia los hombres y vio que todos se parecían, entonces pensó que no podía permitir que otros quisieran lo que él quería: así el hombre inventó la envidia.

Luego el hombre sintió el amor, pero el amor duele, entonces el hombre inventó el odio para olvidar que amaba.



Y ese fue el día en el que Dios se fue para siempre.

Y hubo tarde y hubo mañana: el séptimo día.

lunes, 3 de mayo de 2010

Vecchio


Era ya muy anciano cuando murió. Murió a esa edad en la que uno tiene que morirse. Creo que desde hacía tiempo no le quedaba nada interesante por hacer. Todo el mundo espera que el momento en el que te toca salir de aquí sea un momento trágico: él los defraudó. Unos días después me dijeron que sus últimas palabras fueron: "no os preocupeis, cerraré al salir".

Yo había hablado con él hacía algún tiempo y me confesó que odiaba a la gente que lloraba en los funerales. Obviamente me quedé atónito y le pregunté que porqué decía eso. Él, moviendo la cabeza me respondió: "joder, no tienen derecho, ellos siguen vivos, cuando me toque a mí los mandaré callar diciendo que el que me muero soy yo."

Dedicó su vida a la inconmensurable labor de poner nombres: puso nombre a los bancos del parque, a las farolas, a las fuentes, a los árboles, a los pájaros, a las hormigas que se metían en su cocina y a las gotas de lluvia.


Yo pensé que era muy triste que hubiera muerto, no sólo porque nos había dejado solos sino porque los bancos, las farolas, los árboles, los pájaros, las hormigas y las gotas de lluvia habían quedado huérfanas, porque ya no había nadie que recordara sus nombres.