"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



miércoles, 30 de junio de 2010

Beatus ille


¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento,
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo,
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso rüido
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un falso leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable
mente se están los otros abrasando
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado
del plectro sabiamente meneado.

F. Luis de León

Hasta dentro de unos días.

jueves, 24 de junio de 2010

De lo casual a lo hermoso

Y allí estaba ella, tan bella como siempre, tan hermosa como nunca. Estaba donde había estado siempre, sin moverse ni ápice, exactamente donde tenía que estar.

Ciertamente no tenía nada de especial, nada que no tuviera otra mujer cualquiera, nada distinguido, nada espectacular, pero quizás era eso lo que le confería esa sobrenatural belleza, esa que residen bajo el paraguas de lo natural.

A veces las cosas suceden simplemente por casualidad, porque todos somos casuales. Nacemos por casualidad y vivimos por casualidad. Y un día, por supuesto por casualidad, moriremos.

Pues bien, la casualidad quiso que ella fuera hermosa, pero con esa hermosura que se produce sin ostentación y quiso llevarsela entre la más absurda de las casualidades.


miércoles, 23 de junio de 2010

Edith Shain


Es curioso como alguien totalmente desconocido puede perdurar en las retinas de millones de personas. No importan los nombres, sólamente importa la imagen.

La enfermera nos ha dejado pero el beso perdura.

lunes, 21 de junio de 2010

Tempus Fugit


Fragmento de "El misterioso susurro de los himenópteros"

El jardín siempre me pareció un lugar hermoso con sus árboles, sus setos, sus fuentes y su hierba. A veces me sentaba a la sombra de los cipreses a mirar lo que las nubes querían decirme pero últimamente hacía demasiado calor. En el patio estaba Lorenzo con una “enfermera”. Nosotros sabíamos que las enfermeras eran espías, pero claro, eso solo podíamos decirlo a sottovoce cuando no miraban para que así siguieran creyendo que no sabíamos nada. Siempre pensé que las enfermeras eran estúpidas porque creían que nos tragábamos sus mentiras.

Lorenzo llevaba mucho tiempo allí y todos los días hacía lo mismo: poner su reloj en hora. El problema no radicaba en que su reloj atrasaba, sino justamente en que su reloj marchaba perfectamente. Él se sentaba y miraba cómo el segundero corría, después miraba un rato el minutero y vigilaba que la aguja de las horas no fuera a moverse de sitio. Si veía que lo intentaba rápidamente giraba las manecillas y volvía a atrasar la hora hasta las cinco menos veintisiete. Recuerdo la primera vez que le pregunté por qué lo hacía: él se me acercó al oído y con una voz que oscilaba del miedo al júbilo me dijo: “nací a las cinco menos veintisiete, si no dejo que el tiempo pase seré inmortal”. Yo quedé maravillado por aquel método pero yo no quería vivir siempre porque desde pequeño siempre había querido ser viejo y usar bastón. Quizás cuando lo consiguiera podría seguir el método de Lorenzo y conservar esa apariencia venerable para siempre.

Bordeé el jardín y saludé a Lorenzo con la mano. La enfermera me miró y me sonrió. Yo, aplastando contra mí el libro de las abejas le devolví la sonrisa mientras me decía para mi interior lo ilusas que eran aquellas jóvenes de trajes blancos.

jueves, 17 de junio de 2010

lunes, 14 de junio de 2010

Oh, nuit



Ciertamente no era el mejor trabajo del mundo, ni el mejor pagado, ni el más prestigioso, ni siquiera el más cómodo, pero él no lo hubiera cambiado por nada del mundo.

Cada noche se pertrechaba con su uniforme negro, su gorra de plato, su pértiga y su melancolía. Su trabajo era ahuyentar a las sombras bañando de luz amarillenta a los adoquines del suelo y era algo que hacía a la perfección. Con el crepúsculo salía de casa y vagaba con un método exquisito por cada avenida, bulevar, callejuela y parque de la ciudad para desgracia de los delincuentes y deleite de los amantes. Después, cuando la ciudad había adquirido ese tinte ocre, mientras el viento mecía las copas de los árboles y las estrellas copaban el cielo nocturno él encendía su pipa y creaba amigos de humo, amistades de una sola noche que lo salvaran de quedarse a solas con la luna.

Y así transcurrían las noches, lentas y profundas, como cada sorbo de aquella pipa hasta que en el horizonte se dibujaban los colores que preceden al nuevo día. Entonces él, pértiga en mano, recorría las mismas avenidas, los mismos bulevares y las mismas callejuelas y dejaba que transcurriera otro día deseoso de poder volver a mirar a la luna.

miércoles, 9 de junio de 2010

El país de Nunca Jamás



Fragmento de "¿Y depués?"


Casi sin percatarse sus pies abandonaron el adoquinado para volver al alquitrán y el hormigón. El aire se tornó pesado y perdió la serenidad senil del barrio antiguo. Más adelante se dibujaban sobre las aceras unas figuras seniles sobre bastón, unas figuras que en la ausencia de los niños habían colonizado los parques y los bancos, quizás intentando rememorar un tiempo en el que sus corazones no gemían como engranajes desengrasados, en el que respirar no procuraba un sonido quebradizo, en el que sus huesos no se habían descalcificado y sus manos no tenían los tatuajes de la artrosis, o quizás, sencillamente quizás, en esa segunda inocencia, creían que podrían confundir a la muerte volviendo a sentarse en los columpios.

Siempre había pensado que la vejez es una experiencia frustrante: deseas hacer todas aquellas cosas que consideraste importantes (curiosamente las cosas importantes nunca se hacen) y eres consciente de que no tienes demasiado tiempo, pero aun así tu cuerpo se obceca en actuar con una lentitud parsimoniosa.

Caminó un trecho entre aquellos imitadores de niños, presos de la nostalgia de un tiempo pasado. El problema no es la senectud, el problema es que la vida se les acababa y querían más. Querían más sin saber por qué, sin saber cómo ni cuándo, sin preguntarse para qué. No, nada de esto importa, solo importa el “más”.

Uno de los viejos le llamó la atención: estaba solo en un banco, apartado del resto, mirando al horizonte. Su cuerpo se plegaba sobre sí y sus manos, gastadas y rotas, acariciaban el aire. Tenía el pelo despeinado bajo una gorra blanca de marinero y su cara estaba desgastada por el viento y el sol. Entre sus barbas despeinadas se dibujaba una boca que sostenía una pipa de maíz que escupía nubes de borrasca. En sus ojos podían verse aun los reflejos del mar, de un mar ya olvidado y lejano que derramaba su salitre en unas lágrimas que iban a varar a una playa de arrugas. Y aquellos ojos en los que se habían reflejado barcos de faena, veleros, gaviotas, olas, temporales, atardeceres, albatros, albas, puertos y naufragios ahora reflejaban la silueta de un hospital.

domingo, 6 de junio de 2010

¿Dónde está el sentido de las agujas del reloj?

Fragmento de "El misterioroso susurro de los himenópteros"

Dentro de la habitación de Abelino me sentí abrumado por el tiempo: relojes de arena, de aguja, de números arábigos, de números romanos, relojes con los números de colores, relojes que hacían tic tac, relojes que hacían sólo tac tac, relojes de cuerda, de pila, relojes automáticos, relojes solares, relojes de agua y relojes de cuco. Abelino dormía así que me acerqué a su cama y tocándolo en un hombro se despertó y entornó los ojos para mirarme. Buscó con su mano las gafas y cuando se las colocó me miró y me preguntó: ¿qué hora es?

Yo di unos pasos atrás para dejarlo mirar sus relojes. Él me preguntó que qué quería y yo le dije que sólo saber la hora y le conté que me había quedado dormido en una silla y lo informé de la reciente conspiración de las abejas. Me escuchó con interés y después me dijo la hora. Reparé en que ninguno de sus relojes marcaba la misma hora y lo interrogué sobre ello. Abelino me dijo que había ido a parar allí porque una vez olvidó qué hora era y entonces comenzó a hacer cosas a destiempo. Yo le dije que aquello era realmente grave y él asintió con contundencia. Me explicó que todos aquellos relojes contaban el tiempo de las cosas que a él le importaban y me dijo que así nunca volvería a perderse. Me habló del reloj que contaba las horas desde su primer beso y del reloj que contaba el tiempo desde que estaba allí. También me habló de los que le decían la hora de las ciudades que había visitado, porque Abelino en otro tiempo había sido alguien importante, alguien a quien necesitaban en muchos sitios. Me enseñó el reloj que medía las horas como las habían medido los revolucionarios franceses y me enseñó un reloj que indicaba los rezos de los monjes de una abadía de las montañas de Italia donde decía que vivía su hermano. Abelino tenía razón: nunca volvería a perderse.