"Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar el mundo"



melancolía
.

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολία, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.



lunes, 21 de junio de 2010

Tempus Fugit


Fragmento de "El misterioso susurro de los himenópteros"

El jardín siempre me pareció un lugar hermoso con sus árboles, sus setos, sus fuentes y su hierba. A veces me sentaba a la sombra de los cipreses a mirar lo que las nubes querían decirme pero últimamente hacía demasiado calor. En el patio estaba Lorenzo con una “enfermera”. Nosotros sabíamos que las enfermeras eran espías, pero claro, eso solo podíamos decirlo a sottovoce cuando no miraban para que así siguieran creyendo que no sabíamos nada. Siempre pensé que las enfermeras eran estúpidas porque creían que nos tragábamos sus mentiras.

Lorenzo llevaba mucho tiempo allí y todos los días hacía lo mismo: poner su reloj en hora. El problema no radicaba en que su reloj atrasaba, sino justamente en que su reloj marchaba perfectamente. Él se sentaba y miraba cómo el segundero corría, después miraba un rato el minutero y vigilaba que la aguja de las horas no fuera a moverse de sitio. Si veía que lo intentaba rápidamente giraba las manecillas y volvía a atrasar la hora hasta las cinco menos veintisiete. Recuerdo la primera vez que le pregunté por qué lo hacía: él se me acercó al oído y con una voz que oscilaba del miedo al júbilo me dijo: “nací a las cinco menos veintisiete, si no dejo que el tiempo pase seré inmortal”. Yo quedé maravillado por aquel método pero yo no quería vivir siempre porque desde pequeño siempre había querido ser viejo y usar bastón. Quizás cuando lo consiguiera podría seguir el método de Lorenzo y conservar esa apariencia venerable para siempre.

Bordeé el jardín y saludé a Lorenzo con la mano. La enfermera me miró y me sonrió. Yo, aplastando contra mí el libro de las abejas le devolví la sonrisa mientras me decía para mi interior lo ilusas que eran aquellas jóvenes de trajes blancos.